lunes, agosto 23, 2010

La ley de Darcy.

"Una impresora de los 90's no puede ser tan difícil de arreglar", pensé mientras golpeaba las tintas con la palma de la mano. Afuera la llovizna me recordaba la jodida rutina. "Omar, ¿no piensas dormir?" me preguntaba mi madre desde su cuarto, tarde como 2 minutos en analizar la pregunta, ¿en realidad quería dormir? No me importaba, pero tampoco quería dar una respuesta intermedia. Le puse play a la luna, sonaron milyun canciones que me hacen sentir bien. La impresora marcaba error y mi cerebro marcaba standby. "Lo que daría por un cigarro" pensé mientras veía la hora. La ley de Darcy tendría que esperar, igual a él no le importa y por mí que jamás se imprima, pero ya era un asunto personal entre la impresora y yo. Afuera la llovizna se convertía en aguacero y mis ganas de fumar se convertían en necesidad patológica de sentir humo en mis pulmones. La impresora marcaba falta de tinta y mi cerebro marcaba falta de corazón. "Omar, ¿no piensas dormir?" me preguntaba mi madre en tono más fuerte que la vez anterior, y agrego "Una impresora de los 90's no puede ser tan difícil de arreglar".
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Cuatro años con los sentimientos blindados, ahora te pones en plan romanticon y agarras otra ves la guitarra con la patética intención de verte bohemio. Hace un rato que lo nuestro es la soledad, el porno en internet y las chicas instantáneas. ¿No iras a echar por la borda todo esta fama de misántropo-misogino, o si?, se ve que estas a punto de correr. Igual este lado, tu verdadero lado de tu personalidad siempre estará latente dentro de ti, escondido, esperando.


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Aquella tarde de 1856, Henry encontró a su prometida en brazos del herrero del pueblo, ya se había preguntado días antes el porqué no le cobraban por las herraduras de su caballo. Su prometida era bella, pero desnuda parecía una diosa, una hada de cuento, el nunca la había visto sin su vestido, hasta esa tarde en brazos del buen McCane. Independientemente de la situación, Henry pensaba en que McCane era el mejor herrero de toda la comarca, muchos venían de muy lejos a solicitar sus servicios, agreguémosle a su fama aquel cuerpo atlético y entonces no le sorprendía tanto encontrar a su amada en tan comprometedora situación. Henry regreso a su choza con grandes deseos de algún día ser tan famoso como McCane. Sentando en su sillón desvencijado, miro de reojo su aparato-prototipo para purificar agua, observaba el lento flujo del líquido a través de la arena y pensó que jamás pasara de ser un don nadie con título de ingeniero.

Entonces, Henry Darcy comenzó a cantar en un francés muy seductor:

"por que no me pides, esta noche y aun no es tarde/ que corte mis venas, por favor ven a ayudarme/ y jala el gatillo de tus besos tal como antes/ y dame tu boca o te la arranco en este instante"

Si, así es, Armando Palomas ya existía en aquel entonces.

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